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"Gracias totales, Gus", la carta de Martín Ciccioli a Cerati

08/09/2014 16:19 hs
El conductor de "No se desesperen" en la mañana de Mega 98.3, es el "fan nro. 1" del ex líder de Soda Stereo. En un emotivo texto, lo recuerda como un superhéroe de carne y hueso y comparte algunas anécdotas que compartieron.
Gustavo siempre un superhéroe. Alguien que podía volar más alto que todos. Con las palabras, con los acordes, con sus ojos. Con su paso de baile a un costado del pie del micrófono. Y más de una vez, mirándolo desde abajo de un escenario imaginé ser Cerati por un rato y fui feliz. Era todo lo que yo quería ser.

 

Siempre tuvo facha, fama, éxito y la mejor voz, esa que me llegó más profundo que cualquier otra. Un jinete de la modernidad que atravesó 30 años con la armadura del vangaurdista superexitoso que rompe records de audiencia y calidad con cada nuevo paso que da.

 

Un verdadero gladiador del rock. El hombre capaz de sacar belleza de este caos y hacerlo virtud. Un faro en la oscuridad de millones de latinos con destino de furia.

 

Ya con los primeros temas de Soda, sus composiciones se transformaron en clásicos mientras eran canciones de moda. Y el rock nacional nunca fue bailable hasta que apareció Gus con Sobredosis de TV, Vitaminas, Jet Set o Nada personal.

 

Gustavo siempre picó alto. Por eso practicó con obsesión el deporte de la autoexigencia extrema. Entonces se imponía tanto pegar hits (algo que le importaba y mucho) como superarse artísticamente escribiendo "el nuevo gran disco del rock latino de todos los tiempos".

 

Siempre valoré su enorme talento para componer estribillos potentes y épicos, aptos para multitudes latinas apasionadas.

 

Yo tenía 12 años y Soda Stereo era el póster más grande de mi habitación. Ese póster algún día se fue de mi pared, pero nunca de mi cabeza. Me considero su fan Nro. 1 y Gustavo lo sabía. Podría debatir detalles sobre su obra con quien se jacte de lo mismo donde y cuando quiera. Sus canciones son una adicción desde aquella primera vez que Nada Personal me clavó el aguijón ceratiano para siempre. Por algún extraño motivo que no logro descifrar, Cerati me llegó más lejos que todos.

 

Entonces la vigilia antes de un disco nuevo era total. Ir a diario a la disquería esperando el lanzamiento que no se lanzaba, poner la radio con las coberturas que hacía Pergolini para Feedback junto a Ari Paluch. No existían Twitter ni Facebook. Si no lo escuchabas a Pergolini en el momento a la radio... había que esperar hasta el otro día y comerse todo un programa hasta que apareciera la voz de Mario con un nuevo parte de gira. Y desde el relato de Mario, imaginarse todo. No existían los celulares con cámaras como para que alguien lo grabara y lo subiera. Tampoco estaba Youtube.

 

Todo era paciencia y pasión. Comprarse la Pelo que salía cada quince días o la Rock and Pop, o tener un amigo en DF o Lima que vaya con una grabadora y tomara el concierto desde el aire y que te mande una copia por correo. Algo que tardaba 15 días como mínimo.

 

¿Quién compone un tema como El temblor a los 20 años? ¿Quién toca un solo a lo Hendrix o mete una viola rítmica a lo Chic con similar excelencia? ¿Quién puntea en "Un Millón de años Luz" al mismo tiempo que canta un estribillo inolvidable? ¿Quién escribe esos versos que lucen potentes hasta fuera de la música?

 

Es particular el trabajo del rockero exitoso. Como famoso cuenta con ventajas que otros famosos no tienen. Marcelo Tinelli no tiene un real registro visual y sonoro de cuando mide 30 puntos y tiene a 10 millones de personas mirando. Solo le pasan un número y eso probablemente le genere adrenalina. El actor de teatro suele recibir los aplausos recién al final de la obra. El futbolista disfruta del partido solo al final, si es que ganó o hizo un gol, algo que nadie le puede asegurar de antemano.

Cerati armaba sus shows sabiendo que le esperaban 2 horas y media de gente coreando sus estribillos, aplaudiendo desde el amor y la devoción. Si tocaba 25 temas no eran menos de 25 ovaciones de 80.000 personas cada una. Algo tan estimulante como pesado. No puede resultar liviano asumir la responsabilidad de entretener y entregar momentos inolvidables bajo fiebre de rock. Son miles los que esperan mucho de vos. Son muchos que te exigen y esperan siempre algo más.

 

Cuando tuvimos un encuentro para lo vi prender un cigarrillo delante mío. Yo no sabía que había vuelto a fumar después de la trombosis que sufrió a mediados de 2006, aquella vez cuando el destino avisó que podía ser vulnerable como cualquier otro. Le comenté tímida e inconscientemente en plan fan protector: "¿Volviste a fumar?" El silencio se hizo espeso en su estudio Unísono del barrio de Vicente López. La pregunta no le gustó ni un poco, pero igualmente respondió. Y me mintió. Me dijo: "Fumo, pero mucho menos que antes".

 

Y me di cuenta que Gustavo era de carne y hueso, y que tenía sus aspectos vulnerables. No podía con todo como yo creía.

 

Volvió con la gira de regreso de Soda del 2007 y toda esa vorágine profundizó el mundo del éxito hipermasivo entre ansiedades y el estereotipo del rock y algunos excesos.

 

Y volvió la caravana del rock con sus precios altos.

 

Nada más intenso que atravesar la esquizofrenia de ansiar eso que no tiene, cuando todos piensan que lo tenés todo. La situación del permanente viaje, de algo que se busca y nunca llega. Entonces todo dura poco y no se distingue lo bueno de lo malo, el blanco del negro y te transformás en un rayo transportador de ansiedades incumplidas e impostergables. Creo que algo de eso hubo en todo lo que vivió Gustavo.

 

Con la música hizo lo que quiso, con su cuerpo y su alma, hizo lo que pudo. No lo juzgo. Solo lo pienso mientras lo quiero y extraño mucho.

 

¿Me hubiera gustado ser Cerati?

 

Las dos veces que me subí a su mundo por unos días todo me pareció impactante y fluorescente. Tuve la chance sumarme a un tramo del tour de Bocanada en el 99 y al Me verás volver de Soda en el 2007. La sensación de adrenalina corría todo el tiempo. Gustavo llegaba a un país y lo pasaban a buscar en el mejor auto. Lo llevaban a la mejor habitación del mejor hotel; le ofrecían un cocktail y una rueda de prensa. Los periodistas le declaraban su admiración haciéndole preguntas largas para demostrarles cuanto sabían sobre él. Lo trasladaban al show y le armaban una fiesta post show donde Gustavo era la figura esperada por las 300 personas más cool y fashion de cada país. Las chicas más lindas esperaban hipnotizarlo con sus estilos y curvas. Y esto pasaba en Argentina, Chile, Ecuador, Venezuela, México, Paraguay, Perú, Colombia, Panamá y el Estados Unidos de los latinos. Su vida fue así desde los 20 años. Estrella de América desde el 85.

 

Para mí es un talento insustituible y me cuesta creer lo que estoy escribiendo. Siempre fui su ultrafan y nunca me expliqué por qué siento tanta obsesión por alguien. Después de todo, ya soy un adulto, un padre de familia con sus responsabilidades y no tengo espacio suficiente para ajustar las desmesuras con el póster de mi adolescencia.

 

Pero Cerati fue y es mucho más que eso. Algo así como un "free pass" a un mundo paralelo mucho más atractivo que la realidad misma. Un viaje surrealista en formato canción pop. Algo que miles de latinos llevamos en nuestra alma cada que suspiramos una bocanada de aire puro en la ciudad de la furia.

 

Un "ser querido a la distancia" que llegó más cerca que unos cuantos seres queridos que podemos tener cerca. Alguien que me regaló no menos de cuarenta minutos lindos por día, mientras voy en auto, con el walkman, el discman, el Ipod o lo que sea. Alguien que hizo que este mundo sea un poco más agradable y bello cada vez que suena un acorde suyo.

 

¡Gracias totales Maestro de la elegancia popular!

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