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Crítica

"Más respeto que soy tu madre 2": Antonio Gasalla lo hace de nuevo, y mejor

23/01/2015 07:31 hs
El capocómico debutó hace una semana con su nuevo espectáculo, en el que incluyó a más personajes en escena. La crítica de Rodrigo Lussich.
Rodrigo Lussich
Por Rodrigo Lussich
Codirector
Por Rodrigo Lussich


Antonio Gasalla se emociona en el minuto final frente al público, ya despojado de su enormemente querible Mirta Bertotti. Hablando en primera persona, en un colmado teatro El Nacional -repleto de bote a bote- agradece que la gente siga yendo a verlo al teatro, cuando no todas las salas porteñas gozan del privilegio de estar llenas.

Se nota la emoción genuina de un artista popular que se pone al hombro, sin salir casi de escena, la hora cuarenta de la segunda parte de "Más respeto que soy tu madre", la adaptación del blog de Hernán Casciari. Era difícil imaginar que aquella exitosísima obra tuviera una continuación. Y aquí vuelven los integrantes de esta familia que puede ser la de cualquiera, aunque uno no imagina a todos juntos en una sola. Es la incansable Mirta quien soporta todo eso y no deja de tener dibujada "la sonrisa de mamá".

Lo que generan los personajes que Gasalla comanda es el poder de la identificación, arma fundamental para generar la risa, la emoción y la complicidad del público. Montados sobre la genial escenografía de Alberto Negrín -la casa es una casa, enorme, real, con los cuartos del primer piso en dimensión exacta-, las criaturas de esta familia, ahora invadidos por "terceros" que les "okupan" techo, comida y emociones, pasan las mil y una peripecias mientras sobreviven gracias a los pastelitos que la madre amasa en una pyme familiar que da para todo.

Más allá de la anécdota y los perfiles de los personajes que se acentúan -la ambigüedad del hijo mayor; la nena del medio cada vez más rápida para los mandados y el hijo menor medio bobo y querendón- la obra tiene momentos altos. La sola presencia de Gasalla, cada gesto, cada palabra, hipnótico en el escenario, cubre todo. El duelo actoral con la gran Claudia Lapacó: una escena memorable entre los dos, sacándose chispas y más. Es un placer que la actriz se haya jugado a un rol distinto a todo lo que viene haciendo, riéndose de los prejuicios y  exquisita en las formas aunque pueda ser la más vulgar. Alberto Martín es un comediante de ley y conoce el timming como pocos. Lo aprovecha.

Nazareno Mottola se sigue llevando ovaciones. Su personaje deleita y hace reír a carcajadas, el público se lo agradece con el aplauso. Noelia Marzol no puede ser más linda y aprovecha para seducir y aprender el oficio al lado de esos grandes. Esteban Pérez en el tono justo. Enrique Liporace merece el lucimiento que tiene en escena y Sebastian Borrás compone a un terapeuta -entre varios personajes- en una de las mejores escenas de la obra, cerca del final.


Delirante en varios tramos, la "marca Gasalla" no desaparece ni un minuto en la pintura de los personajes y las situaciones extremas que atraviesan desde el humor. Como la casa que habitan, los Bertotti parecen caerse a pedazos, pero vuelven a apelar a la emoción y la unión, la solidaridad y los afectos; en definitiva a lo que apelamos todos en casa cuando los pastelitos se queman en el horno. Y cuando parece que se viene el síndrome del nido vacío, detrás de la puerta está la sorpresa que invita a volver a empezar. De vacío no queda nada: ni el teatro, repleto con el público aplaudiendo de pie; ni el alma de esos espectadores, que sale contenta de saber que ahí arriba un artista con mayúsculas ha transpirado la camiseta para que la magia se genere otra vez, con la misma fuerza de un café concert hace mil años, como solo Gasalla sabe hacer.

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