Cuando el sexo se convierte en algo cotidiano y forma parte de la rutina

Por La Lic. Diana M. Resnicoff.

Por la Lic. Diana M. Resnicoff


 







  Las exigencias de la vida cotidiana han hecho que el sexo se plantee como una cuestión de eficacia y rendimiento, similar al trabajo. Me lo propongo, empiezo, cumplo y termino. Un trámite, una rutina de la (supuesta) “no rutina” de tener sexo. Así, la sexualidad se convierte en un parangón para medirse y compararse y no en una oportunidad de goce. En verdad, el cansancio, el estrés, la depresión y la angustia son los peores enemigos de la actividad sexual en pareja.


 


El exceso de energía que demanda la vida diaria en la era moderna hace que a las personas no les sobren deseos de iniciar ningún tipo de actividad nueva, mucho menos sexual, que requiera cierta dedicación, y esto hace que disminuyan los estímulos y se empobrezca la relación íntima con uno mismo y con el otro. 


 


Las últimas encuestas realizadas demuestran que, en el siglo XXI, la incertidumbre laboral es el factor que más afecta a la sexualidad de la pareja. Es una preocupación que impide la relajación necesaria para sentir deseo y gozar sin dificultades. Además, hay otro factor importante: la mayoría de las personas tiende a depositar las tensiones cotidianas en la persona que tiene a su lado, ya que es la más cercana. Esto se traduce en forma de peleas y rechazo, que afectan la sexualidad en sus diferentes etapas: deseo, excitación y orgasmo. De ahí que en el consultorio veamos con mucha frecuencia consultas de mujeres por anorgasmia, por falta de deseo e incluso con trastornos de excitación, y en los varones, casos de eyaculación precoz, falta de deseo y disfunciones erectivas causadas por este gran mal que es el estrés.


 


El sexo empieza en la cabeza



Siempre nos preguntamos por qué el desgano emocional repercute tanto en el deseo sexual. Es que el deseo sexual comienza siempre en nuestro más poderoso órgano sexual: la cabeza. Allí se generan los pensamientos y se procesan las imágenes y sensaciones que encienden o no nuestro deseo sexual.


 


Así como éste se abre camino cuando se cumplen ciertas premisas básicas: la atracción física, la novedad, la seducción, el establecimiento de cierta intimidad y la seguridad en el vínculo (aun cuando éste sea temporario), existen otros factores que lo inhiben totalmente. El estrés causado por el trabajo y el contexto social en el que nos hallamos inmersos, los problemas familiares y económicos. Además, las enfermedades o los conflictos emocionales crean tensiones con efectos adversos para la sexualidad. Y no olvidemos otro factor, muy inhibidor del deseo: las dificultades en la comunicación con el compañero o la persistencia en desacuerdos no resueltos que acaban por incidir en el aspecto sexual. Y es porque la presencia o ausencia de actividad sexual funciona como un barómetro que señala lo bien o mal que está el deseo en la pareja.


 


El deseo sexual  femenino es diferente al masculino; éste se presenta de un modo más constante y generalmente aparece “en automático”. En las mujeres, el deseo es mucho más variable y fuertemente selectivo. Para nosotras, la situación interpersonal, fuera del dormitorio, tiene mucha importancia y puede hacer fracasar cualquier escena sexual. Incluso algunas mujeres manifiestan que al principio de la relación tenían mucho interés y que tras uno o dos años esa atracción comenzó a disminuir. Las fases iniciales de una relación están llenas de excitación y de sorpresa. Pero, al familiarizarnos con el otro, la espontaneidad y la variedad pueden desaparecer para dar lugar a uno de los virus más ‘enfermantes’ en una relación de pareja: el aburrimiento.


 


Los quita ganas femeninos


 


El deseo sexual de las mujeres disminuye por varias razones:


 




  • Sentimientos de culpa y vergüenza, algo así como “qué va a pensar Juan si soy yo la que inicio la relación”;


  • El trabajo y las obligaciones absorben toda la energía;


  • Reacciones displacenteras durante la relación: puede suceder que recuerdos traumáticos de experiencias previas o incomodidad cuando sus parejas les solicitan tener sexo no coital. De ahí que resulte tan importante que la pareja converse sobre sus preferencias;


  • Temor al embarazo.


  • Depresión: si la mayor parte del tiempo la mujer está deprimida, con sentimientos de tristeza, de baja autoestima, de bajo nivel de energía, problemas para dormir, comer y digerir;


  • Asuntos hormonales o médicos: si hay problemas tiroideos, cambios en los ciclos menstruales, retención de líquidos u otros cambios, deberías buscar ayuda en tu ginecólogo o endocrinólogo. También inciden negativamente ciertos medicamentos, como algunos anticonceptivos orales, tranquilizantes y antidepresivos; el alto consumo de alcohol o drogas;


  • Imagen corporal o envejecimiento: sentirse poco atractiva, no sólo por su imagen sino también por la edad;


  • Falta de atracción hacia la pareja, por diferentes causas como mala higiene corporal, mal aliento, olores desagradables y sobrepeso;


  • Sentimientos de vulnerabilidad y confianza: al hacer el amor, la mujer le demuestra al hombre que lo necesita emocionalmente. Si no existe, confianza y estabilidad de pareja, la intimidad puede producirle a la mujer un miedo que expresará inhibiendo su deseo sexual. 

Los quita ganas masculinos





  • Fobias: se manifiestan en un “no siento interés”, pero esconden miedos a la mujer, a la penetración, a enamorarse y a perder la libertad;


  • Ataques o desórdenes de pánico que generan una sensación tan angustiante, opresiva y restrictiva que pueden anular la vida erótica. Si bien son cuadros severos que se viven con dramatismo, tienen buena resolución con tratamientos combinados de psicofármacos y psicoterapia;


  • Represión por educación sexual o conceptos religiosos muy cerrados;


  • Fracasos amorosos, o sexuales, también pueden inhibir el deseo;


  • Las personalidades obsesivas o el llamado trastorno obsesivo compulsivo pueden llegar a bloquear o anular casi totalmente la vida erótica;


  • El miedo a fracasar durante el acto, ya sea por eyacular precozmente o por no poder conformar a una pareja muy exigente, puede llevar al varón a decir no tengo ganas en vez de decir tengo miedo. 

Si dicen no, ¿ellos se sienten menos viriles?


 


Apresados en una cantidad de mitos, los varones sucumben a ellos y suponen, erróneamente, que los genitales masculinos son la esencia de la sexualidad. Muchos hombres sólo quieren introducir el pene, tener un orgasmo con el mínimo de ternura, comunicación y relación posible. Debe hacer una cantidad de juegos previos sólo para satisfacer a su pareja. Tiene que iniciar, poner a la mujer en clima, orquestar todo el acontecimiento, estar seguro de que su compañera está satisfecha y, finalmente, encontrar su propia satisfacción. Falsa creencia: suponer que todo es responsabilidad del varón.


 


La satisfacción sexual no viene de la mano de un manual de posturas, roces o caricias más o menos habilidosas. Tiene que ver con una actitud positiva al placer y una comunicación abierta, serena y de encuentro. Este encuentro puede terminar en un orgasmo, pero no es su único fin. La seguridad y la autoestima son los resortes seguros que abren la puerta del deseo. Admitir que ese deseo existe y querer aprender a gozar es una opción consciente y educable a cualquier edad, sólo se necesita libertad para desarrollarla.


 


Lic. Diana M. Resnicoff


Psicóloga clínica. Sexóloga clínica.


TE: (54-11)4831-2910


E-mail: dresni@gmail.com


Página Web: www.e-sexualidad.com

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