La forma del agua / Claudio Archubi

Claudio Archubi, doctor en física atómica, presenta su nuevo libro publicado por la editorial de la Universidad de La Plata.

La forma del agua. ¿La forma que se le da al agua o la forma que el agua toma? Y entonces: ¿pasiva o activa? Lo más común es pensar que el agua no tiene forma, que se le da una. Y sí, ahí está ella, silenciosa, acomodándose, dejándose formar (por el vaso, por ejemplo), i.e. obedeciendo. ¿La sometemos entonces? Ella no dice nada, sin embargo, desde su quietud anuncia aquello que de pronto es cuando la forma es a ella sola: ya sea como niebla, como lluvia o llovizna -formas del agua presentes en mayor o menor medida en todos los cuentos- el agua distorsiona la visión y los ánimos, y así somete todo a una nueva perspectiva. Sin embargo, incluso como agua quieta, “obediente” y “formada”, ella es (activa). Pienso en Hölderlin cuando dice que la naturaleza solo parece dormir, idea que Heidegger retoma para afirmar que el reposo no es en absoluto una paralización del movimiento, que si la naturaleza puede mostrarse como ausente es porque se despliega y está en todo, y que así como la noche es un reposo que presiente el día, la naturaleza también reposa, y de ese modo, augura. ¿Tirado de los pelos? Quizá. ¿Demasiado simple tratándose de Hölderlin y de Heidegger?



Ciertamente. Sin embargo, nos da algunas pistas, y es que lo que uno siente al leer estos cuentos es que el agua no es realmente la manuable, que por el contrario, el subyugado, el absorbido, el ahogado, el formado y deformado a gusto, somos más bien nosotros. Sea como fuere, lo que es siempre cierto, es que en el vaso o donde sea que esté, el agua nunca permanece sino que cambia (aunque sea sólo por el efecto de la luz). Tomando prestado el poema de Wallace Stevens que Archubi utiliza para uno de sus epígrafes, podemos decir que aquello en lo que enfocamos nuestro pensamiento, y por tanto, aquello en lo que creemos, es solo un estado entre tantos. Esto que es tan inquietante está presente siempre en La forma del agua, y así, tomados singularmente o en su conjunto, los cuentos de Archubi transmiten muy bien este carácter inasible e inconceptualizable de lo que sucede, lo que nos sumerge subsecuentemente en la angustia y el letargo. Quizá por ello la filosofía tenga en estos cuentos un lugar extraño. Se la siente llenando todos los rincones, asfixiante porque ineluctable, pero ligera y hasta superflua, alcanzando los autores y sus libros apenas el nivel de la mención. Es difícil saber si es esa la intención del autor, y entonces: ¿Tiene aquí la filosofía un lugar meramente artificial y sin verdadera función o es que ella se presenta así por lo elefantiásico y primordial de lo cotidiano y de lo “banal”? Y es que ya sea Heidegger en El Vaso o Platón en El péndulo en la pantalla, la filosofía y los filósofos son de pronto personajes intrascendentes (“Platón cansado se desvanece en un colectivo viejo”).



Y así, incapaces de transgredir en ese espacio tan lleno de silencio y de dudas, no pueden sino mostrarse apenas, como si esa Filosofía no pudiera tener lugar, como si, en efecto, como lo dijo alguna vez ese poeta nunca-entre-mis-favoritos (no me refiero a Bunbury, sino a Benedetti), lo trivial se vuelve aquí lo fundamental. La imposibilidad de pensar el vaso es pues evidente; la arritmia de la época, aduce el autor. Es por ello que funciona también la intromisión de personajes fantasmales, ausentes pero merodeando e inquietando, contaminando el ambiente. Es por ello que funciona también la intromisión de situaciones pasadas, como manifestando la imposibilidad de esa fijeza que suele requerir la filosofía. Sí, hay mucho tiempo para pensar el Vaso, pero parece que no hay espíritu que esté disponible. La sensación en la que nos sumerge Archubi es así la de una convulsión insalvable y más cerca de la estática que del temblor. De pronto, somos, como uno de sus personajes, la aureola seca que deja el vaso o quizá meros autómatas de un presente que nos interna aun más en ese fondo que ya ha sido y que nos ha devorado. Por ende, intención o no del autor, calza bien que la Filosofía no se presente más que como débil pátina, finalmente sólo es esa Filosofía la que esta ausente, sí, sólo esa, ya que es evidente que las preocupaciones del autor son como las de Wallace Stevens, honestamente metafísicas. Y es que, desde un inicio, y como uno de sus personajes lo afirma sobre sí mismo, el narrador es a lo largo del libro, un contemplativo. Si el gusto por las palabras es manifiesto, así también, de un modo aparentemente paradójico, lo es el gusto por el silencio y los huecos, de ahí la intencionada y bien usada arritmia de su prosa que viene a reforzar como necesaria forma, ese fondo que es muchísimo más que un mero divagar metafísico.

Natasha Luna. Lima, 2009

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