Uno de los hijos de Bin Laden se lanza como empresario de la moda

08 de mayo de 2010

Omar Bin Laden no quiere saber nada con la Guerra Santa, él prefiere las pasarelas.

“Gracias a Dios, mi padre no gobierna el mundo”, dice Omar, el hijo de Osama bin Laden, mientras una bailarina rusa de cabaret se meneaba frente a él en un bar de Damasco, Siria, llamado “Les caves de boys”. Es el hijo del hombre más buscado por el gobierno de los Estados Unidos, y podría haber sido su heredero en la Guerra Santa, pero prefirió iniciar su propia marca de ropa. Y romper el silencio acerca de su padre.

Criado en una casa donde la televisión, las gaseosas y hasta los remedios contra el asma eran considerados “males de la vida moderna”, Omar aseguró que la contienda bélica que llevó adelante su padre en Afganistán durante los ochenta cambiaron su mentalidad. “En esos días, mi padre era un gran héroe para Occidente también”, remarcó Omar, que se definió como “el favorito” del líder de Al Qaeda, en una entrevista con la Rolling Stone.

Para cuando regresó al hogar, Osama bin Laden tenía una filosofía nueva: “La vida debe ser dura. Serán más fuertes si los tratan con rudeza. Serán adultos capaces, dispuestos a soportar muchas privaciones”, decía a sus hijos. “No nos permitía contar chistes ni expresar alegría. Nos permitía sonreír siempre y cuándo no nos riéramos. Si se nos escapaba una risa, debíamos tener cuidado de no mostrar los dientes. Mi padre nos castigaba en base al número de dientes a la vista”, recordó Omar.

Sin saberlo, el líder talibán prepararía a su hijo para el futuro, ya que unos meses antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Omar decidió alejarse de la familia, y empezar a valerse por sí mismo. Armó un negocio de chatarra de metal con el que ganó unos cientos de miles de dólares. Muy poco, según los estándares de su clase. Hoy en día, el hijo de Bin Laden se viste como una estrella de rock, con campera de cuero, remera de Versace, jeans de diseñador y zapatillas plateadas forman parte de su look, que corona con anteojos oscuros.

El peso de su apellido no le facilitó las cosas tanto como él hubiera querido: “Las familias sauditas tienen miedo de acercarse a mí. Esta fue la razón por la que no pude casarme con una de mis primas o con una chica saudita de mi clase”, explicó Omar. En vez, contrajo nupcias con Zaina, una británica descendiente de árabes que ya es abuela, y con la que planea lanzar una línea de ropa, B41, que será “como Armani, pero con un estilo diferente”.

Omar practica un tipo de Islam “moderado”, pero todavía recuerda los días en los que su padre estaba camino a convertirse en un intento de héroe de la Jihad, o Guerra Santa. En mayo de 1996, acompañó al líder terrorista a la montaña de Tora Bora, en Afganistán, donde se instalaron en tiendas para vivir como en siglos pasados. Para ese entonces, Osama bin Laden ya tenía claro su postura contra los Estados Unidos. Su hijo tenía entonces 15 años y terminó haciendo las veces de criado, encargado de lavarle los pies antes de sus rezos diarios.

Durante una prueba para convertirse en líder de Al Qaeda, Omar, de por entonces 17 años, debía pasar 40 días junto a los soldados que peleaban en el norte de Kabul. Tras una breve conversación con los militares que estaban en la zona -donde le sugirieron que su padre estaba siendo utilizado por los talibanes- sacó sus propias conclusiones. El punto final en la relación padre e hijo fue poco antes de los atentados a las Torres Gemelas en Nueva York, el 11 de septiembre de 2001. Meses antes, Bin Laden (padre) había reunido a sus hijos para sugerirles que participaran del ataque, y para que fueran a una muerte segura ellos también.


 


Pero aunque no concuerde con su padre, Omar no está listo para verlo caer: “No quiero que lo atrapen y lo juzguen. Me partiría el corazón. Desearía que muriera antes de que alguien lo atrape. Mi padre será siempre mi padre, hoy y hasta el día de mi muerte. Vengo de su cuerpo. Soy parte de él”, expresó.

Ahora, el joven Bin Laden tiene aspiraciones propias, como la de su línea de ropa. Se compara con el William Wallace que Mel Gibson llevó al cine, o con “El último samurai”, de Tom Cruise. “Se cambió de bando para luchar contra su propia gente. Ese soy yo”, comentó. “El hijo siempre trata de ser mejor que su padre”, señaló Omar.

“Creo que muchas personas deberían estar agradecidas de que elegí la vía pacífica”, agregó enigmático. La explicación no tardó el llegar, así como tampoco la confirmación de que lo que se hereda no se hurta: “Si yo eligiera la guerra, sería increíble en ella. Muchas personas deberían rezarle a sus dioses para agradecerles que yo no haya elegido ese camino”.