Relato Final

*Por Romi.

Lidia era una chica normal, a la que aparentemente no le faltaba de nada; vivía con una familia de clase media-alta, iba a un buen colegio y parecía una persona feliz.



Pero ella no pensaba lo mismo. A su entender, nunca nada le había salido bien en la vida. Nunca había tenido pareja estable; en realidad, nunca había tenido una relación con un chico. Tenía pocos amigos, debido quizás a su alterable personalidad y a sus habituales reacciones de antipatía respecto al prójimo. Los pocos amigos que tenía vivían lejos, pues hacia poco que se había mudado a otra ciudad por culpa del trabajo de su padre: un importante hombre de negocios que nunca tenia tiempo para estar con ella.



Se sentía sola, sentía como poco a poco se iba alejando de los amigos y de la familia, sin poder hacer nada por evitarlo, y toda su compañía se reducía a su perro Skunk.



Un triste día, adjetivo habitual en casi todos sus días, decidió cambiar todo eso, decidió cortar por lo sano todo su sufrimiento y pensó en una sola palabra, que hacía tiempo que le daba vueltas por la cabeza: suicidio.



Fijó una fecha para cumplir su deseo: ese sábado sus padres se iban de compras y no estarían en casa.



Llegó el sábado, y Lidia se levantó sabiendo que ese día iba a morir, pero su comportamiento respecto a la familia fue el habitual, nada cambió para ellos; decidió que ni tan sólo se despediría. "Por qué hacerlo si esos ya hace tiempo que dejaron de ser mi familia, que ya no les importa lo que me pase", pensaba. No se lo merecían.



Hacia el mediodía sus padres salieron al centro comercial. Ese era su momento, allí empezaba su fin.



Fue a la cocina y empezó a sellar con esparadrapo cada una de las ranuras de las puertas y ventanas por dónde podía escapar el aire y, tras vacilar un instante, abrió el gas y esperó.



Mientras el gas iba llenando la habitación empezó a escribir una nota: un folio donde expresaba lo que ella sentía y por qué quería morir. No estuvo mucho tiempo escribiendo, pues pronto notó que empezaba a perder el conocimiento y decidió no escribir más y esperar tranquilamente el fatídico momento.



Mientras perdía poco a poco el conocimiento, en su cabeza empezaron a desfilar imágenes del pasado, de las cuales, muchas, ella ni siquiera recordaba. Se sorprendió al darse cuenta de que no todas eran tan malas, que en su pasado había buenos momentos, e incluso momentos felices.



Pero era demasiado tarde; su debilidad ya era tal que no le quedaban fuerzas ni para moverse. Ya no se podía hacer marcha atrás. Nació en su ojo una lágrima que empezó a bajar por su mejilla y murió en los labios. En su interior empezó a sentir miedo, miedo a la muerte que ella misma había provocado.



Un leve sonido de fondo interrumpió su agonía. Era el teléfono. La estaba llamando Alex, su mejor amigo, y que daba la casualidad que era la misma persona a quién ella amaba, y nunca se había atrevido a decírselo. Probablemente era la única persona que podía haber evitado que hiciese esa locura. Probablemente si hubiera llamado cinco minutos antes ella habría renunciado a su muerte, porque hubiera sentido que al menos para él, ella significaba algo, y ese era motivo de sobras para seguir con vida. Pero otra vez, era demasiado tarde.



Dejó de oír el teléfono, sin embargo, éste seguía sonando. Acababa de quedarse totalmente sin sentido, y por su mente pasó una última imagen: la cara de Alex. Pocos segundos después había conseguido lo que tanto tiempo había deseado, y que finalmente llegaba en el primer momento de su vida en que se arrepentía de haberlo pensado. Había muerto.


 


Romi

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